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El señor de Ecatepec. Leyenda histórica de 1872.

 

Lámina 16, Códice Durán. Grupos indígenas peleando en la fiesta de Xocotl Huetzi. Un noble guerrero desde lo alto del poste arenga a soldados.



El señor de Ecatepec

El señor de Ecatepec es una pieza-poema decimonónico muy breve escrito hacia 1872 que relata un conflicto acontecido durante la guerra entre la ciudad de México-Tenochtitlan contra la ciudad de Chalco. En este conflicto, la ciudad de Ecatepec figuraba como aliada de Tenochtitlan

            El autor de esta pieza es el dramaturgo y médico yucateco José Peón y Contreras, nacido en Mérida (1843-1907), autor de numerosas obras de teatro, la mayoría con tema de capa y espada (es decir, de conflictos amorosos), todas compuestas en versos octosílabos. Lo interesante de esta pieza y su tema es la elección que hizo el autor del personaje principal: el Señor-gobernante o tlahtoani del pueblo de Ecatepec. El autor presenta una visión romántica, y por lo tanto nacionalista (característica de la literatura del siglo XIX), sobre los hechos de la guerra y las sociedades indígenas prehispánicas.

            Desde el punto de vista histórico, la trama se desarrolla hacia los años 11-Pedernal (1464) y 12-Casa (1465) en los que, según la Quinta relación de Domingo Muñón Chimalpain, ocurrió un conflicto armado entre los mexicas y los chalcas. El contexto histórico es el siguiente: a partir de lo referido por el fraile dominico Diego Durán en su Historia de las indias… los mexicanos tenochcas, gobernados por Moctezuma Ilhuicamina o Moctezuma El Viejo, solicitaron materiales de construcción y el apoyo con mano de obra a los gobernantes de Chalco para la edificación del templo de Hutzilopochtli. Ante la negativa de estos para ayudar, ambas ciudades se declaran la guerra. El conflicto se intensificó entre ambos bandos. Los chalcas prometieron celebrar la fiesta de su dios principal ofreciendo en sacrificios a los mexicanos que capturaran en la guerra, mientras que los tenochcas juraron a Huitzilopochtli honrarlo con la sangre de los chalcas.

            Ganada una primera batalla por los mexicanos, parte de su contingente se separó y fue emboscado por sus enemigos. En ese grupo perecieron tres hermanos del tlahtoani o gobernante de México, Moctezuma. Los chalcas, además de asesinar a los dichos hermanos del gobernante de Tenochtitlan, capturaron como prisionero de guerra para el sacrifico al primo-hermano de Moctezuma llamado Ezuauacatl. A dicho primo se le pretendía sacrificar en las fiestas de la veintena llamada Xocotl Huetzi, “Caen los frutos”, donde uno de los rituales consistía en colocar un poste alto en la plaza y en la parte superior danzar y cantar. Los nobles de Chalco, al enterarse del parentesco de Ezuauacatl con Moctezuma, le ofrecen ser gobernante de su ciudad, a lo cual responde que nunca traicionaría a su patria. En seguida, sube al poste, baila, canta y habla a los chalcas diciendo, según la Historia de Durán: “Chalcas, habéis de saber que con mi muerte he de comprar vuestras vidas, y que habéis de servir a mis hijos y nietos y que mi sangre real ha de ser pagada con la vuestra”. Terminada su arenga se arrojó del poste y murió. 

            Dentro del drama de José Peón y Contreras, este noble capturado por la gente de Chalco es el personaje principal y nos dice que además es gobernante de Ecatepec. Como se puede apreciar, la trama difiere un poco del hecho histórico, ya que dicho personaje sólo se le reconoce como primo hermano de Moctezuma. En realidad, Moctezuma Ilhuicamina o “El Viejo” tuvo un nieto llamado Huehue Chimalpilli que sí fue gobernante de la ciudad de Ecatepec, pero no su primo ni mucho menos su hermano como se menciona en esta pieza dramática. También el personaje histórico Ezuauacatl sufre un cambio de nombre a Omixtla.

            La trama gira en torno a lo antes descrito en los hechos histórico. Resignado por su captura y prisión, Omixtla manda hacer un gran escenario para su entronización desde el cual dirige un discurso donde proclama nunca traicionar a su patria Ecatepec ni a su señor Moctezuma, gobernante de México-Tenochtitlan. Acto seguido, se arroja y muere ante los ojos atónitos de los habitantes de Chalco.

            Para 1464, la ciudad de Ecatepec era de importancia estratégica para el dominio mexica en la parte norte del Valle de México y para el sometimiento de los pueblos del Valle de Toluca. Por tal razón, no es de sorprender que figurara entre los ejércitos aliados que acompañaban a los mexicas en sus expediciones militares, principalmente a los tlatelolcas, ya que Ecatepec era controlada por ellos al principio. No se sabe con certeza si la ciudad del dios del viento contaba con gobernantes durante su sujeción a México-Tlatelolco, o si sólo era una pequeña población; sin embargo, cuando la ciudad entra bajo el dominio México-Tenochtitlan, hasta entonces comienzan la entronización de los tlatohque de la ciudad. Todos los gobernantes que tuvo Ecatepec a partir de ese momento y durante el período prehispánicos descendían de la casa real de Tenochtitlan. Eran hijos, nietos o hermanos de los tlahtoque de México.

            Esta leyenda es una reinterpretación de las viejas historias indígenas donde los guerreros son capturados por el enemigo, pero se les reconoce su valentía y se les recompensa dándoles el mando de los ejércitos enemigos. Sin embargo, los personajes humillados por la derrota y sin intención de traicionar a su patria se arrojan de un mástil alto y grande que se colocaba en una plaza amplia en la fiesta indígena del mes o veinte de Xocotl Huetzi. Con ello, conservaban su honor y se libraban de la muerte a manos de sus enemigos. Este mismo modelo de muerte, con algunas variantes, solía relatarse cuando se hablaba de otros guerreros muertos en distintas batallas, como el caso de Tlahuicole, guerrero tlaxcalteca capturado por los mexicanos, o el caso del mismo tlahtoani o gobernante de Tlatelolco, Moquihuix, quien se despeñó desde el Templo Mayor de su ciudad. Así, se reconstruye en el siglo XIX esta trama indígena bajo el filtro del romanticismo, la cual tiene por protagonista al gobernante de la ciudad de Ecatepec. 

            De este modo, presento a continuación el drama completo de José Peón y Contreras titulado El señor de Ecatepec y publicado hacia 1872 en la imprenta del «Federalista». Que la disfruten.  

 

Fuentes:

Duran, Diego, Historia de las Indias de Nueva España e islas de tierra firme, México, CONACULTA,       Colección Cien de México, 1995.

Chimalpain, Domingo, Las ocho relaciones y el Memorial de Culhuacán, 2 vols., México,   CONACULTA, Colección Cien de México, 1998.

Alvarado Tezozomoc, Fernando, Crónica mexicayotl, México, UNAM, 1998.


____________________________________


El señor de Ecatepec

Leyenda histórica

Por José Peón Contreras

 

­­­_______________

 

México

Imprenta del «Federalista» Escalerillas Núm. 21

A cargo de J. M. Rivera

_______

1872


 

Al señor D. Mariano Rojo

 

I

            El rey Toteotzin, tirano

Y Señor de los Chalquenses,

A quien sus vasallos odian

Y adulan porque le temen.

            Aquel monarca que en duro

Corazón, albergó siempre

Del despotismo y la envidia

Las emponzoñadas sierpes,

            Tras una sangrienta lucha

En que cetro y honor pierde,

Vencido al fin por las armas

De los mexicanos, muere.

            Las vencedoras legiones

Dividen entre los reyes

De Tacuba y de Tezcuco,

Que parte en la empresa tienen,

            El botín y el señorío

Que el triunfo les ofrece,

Entrando a saco y a fuego

Cuanto a las manos les viene.

 

II

            En una intrincada selva,

Cuando el matutino rayo

Del sol apenas alumbra

Las legiones de su ocaso;

            Cuando las aves del bosque

Sacuden el sueño blando,

Y al aire entregan el himno

De sus melódicos cantos,

            Omixtla, de Ecatepec

Señor, y del Rey hermano,

Por la traición aprehendido

Fue con otros mexicanos.

            Inútilmente procuran

Defenderse en el asalto:

¡Inútilmente! Las flechas

En el carcaj se quedaron,

            Y asegurados y quietos

De la sorpresa en los lazos,

También se quedan, rabiosos,

En las espaldas los arcos.

            ¡Buena presa a los chalquenses

Les ha venido a las manos!

¡Qué ha de decir Moteuczoma

Cuando cunda en sus estados

            La nueva, y cuando le anuncien

Que está en rehenes su hermano,

Y con acción tan villana

Sólo han querido injuriarle! 

_______ 

            Omixtlan, en tanto, atraviesa

Con sus guardianes los campos,

Y en medio de los groseros

Denuestos del populacho,

            Y el gozo de los grandes,

Cruza las calles de Chalco,

Donde a prisión le reducen

En un soberbio palacio.

_______ 

            Con seductoras promesas

Se afanan en lisonjearlo,

Y a su ambición y a su orgullo

Le brindan óptimo pasto.

            Le ofrecen el áureo trono

Que Toteotzin ha manchado

Con su sangre, y aquel cetro

Que fue del crimen amparo;

            Y al ofrecérsele saben

¡Ay! Que el corazón humano

Es débil, y el alma ciega

Con el esplendor del mando.

            Empero, Omixtlan, su oído

Cierra a mendaces halagos,

Su alma a locas ambiciones,

Y su corazón al fausto;

            Y pródigo de grandeza,

Y de lealtad avaro,

De su conciencia el acento

Sólo escucha y el mandato.

_______ 

            Cansado de las ofertas

De los chalquenses, cansado

De sufrir en las prisiones

Padecimientos y agravios;

            Resuelto a poner un coto

Al afán de sus contrarios,

Omixtlan, que sus designios

Oculta discreto y cauto,

            Accede al fin, pero puso

Por condición en el pacto

Que con los nobles celebra

Para ser su soberano,

            Que en la gran plaza del Tianguis

Se levantase muy alto

Una estrecha plataforma

Donde sea coronado,

            Para que mirarlo puedan

Sus generosos vasallos,

Y los que con él cayeron

Prisioneros mexicanos.

            Consciente el pueblo gustoso,

Frenético de entusiasmo,

Y en medio de alegres vítores

Comienza a alzarse el tablado.

 

III

            De gala están los chalquenses,

Y la multitud festiva

Hacia la plaza del Tianguis

Alegre el paso encamina.

            El sol aparece, nuncio

De un claro y risueño día,

Y a la ciudad, coronada

De flores mil, ilumina.

            No hay un semblante que ufano

Tributo al placer no rinda,

Ni hay un pecho que solloce

Ni hay un labio que no ría.

            Alienta el pueblo animoso

Que sus venturas publica

Y la esperanza recobra

Que ya juzgaba perdida.

            El presente le sonríe,

El porvenir le acaricia,

Y en un oriente sin nubes

Un astro nuevo divisa,

            Un resplandor, una aurora,

Que lo seduce y reanima

Y en horizontes extensos

Con luz irisada, brilla.

            Frustrado juzga el designio

Del terrible Ilhuicamina,

Y que al fin se ha roto el yugo

Que a México lo esclaviza;

            Eso esperan los que en Chalco

Sus descalabros olvidan,

Y en el futuro monarca

Su venganza y su odio fían.

            Ya combatiendo al coloso,

O con él formando liga,

Sabrá devolver al pueblo

Su antigua soberanía;

            Sabrá las glorias tornarle,

La libertad, las franquicias,

Que obtuvo en logradas horas

Y en más halagüeños días.

 

IV

            Magnífico es el tablado

Que cubren soberbias telas,

Magníficas las columnas

Que su planicie sustentan.

Allí revueltas espiran

De la muchedumbre inmensa

Las oleadas, cual del Ponto

La procelosa marea.

            Y fluye hirviente y refluye

En bocas-calles y puertas,

Sin que haya dique seguro

A su curiosa impaciencia.

El huehuetl y el teponaztli,

En son acorde resuenan,

Y todo es zambra y contento,

Y todo algazara y fiesta.

_______

            Al fin Omixtla aparece

Con la comitiva regia,

Y el pueblo en vivas prorrumpe

Y unánime aplauso truena.

            Omixtla adelanta grave,

Al pie del tablado llega,

Y sube a él, solo, llevando

Un ramillete en la diestra.

_______ 

            Llegando el solemne instante,

Llegada la hora suprema,

Parece el Tianguis desierto,

¡Tan grande silencio reina!

            Entonces de Omixtla altivo,

Ante las turbas inquietas,

Sus sentimientos en tales

Términos el labio expresa:

            «Sabed, nobles mexicanos,

Sabed guerreros aztecas,

Que los chalquenses me brindan

La corona de estas tierras;

            Mas no permitan los dioses,

Y antes mil veces perezca,

Que haga traición a mi patria,

Y al rey mi Señor ofenda.

            En más que la propia vida

Estimad la lealtad vuestra,

Y de tan grande enseñanza,

Ejemplo mi muerte sea.»

            Al decir esto, hasta el borde

Del parapeto se acerca;

Yergue noble y majestuosa

La frente altiva y serena;

Tiene al espacio la vista;

Su pupila centellea…

Se arroja desde la altura

Y el pueblo enmudece y tiembla. 

1872 

FIN


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